Mariela era una exitosa vendedora de
bienes raíces. Toda su vida se había criado en la ciudad, pocas veces salía de
ella, por lo que el contacto con la naturaleza le llegaba a parecer hasta
cierto punto algo incómodo y sobrado, que decía que prefería amar aquellas
cosas hechas por los hombres: los grandes edificios, los complejos comerciales,
la modernidad, la vida cómoda era lo que atraía. Pero detrás de los comentarios
en los que aseguraba que ir a ensuciar sus botas con tierra o pisar el pasto
lleno de gérmenes y bichos, no había más que un poco de pose y de hacerse fama
de sangrona, aunque en realidad no lo fuera. Todo tenía que cuadrar, siempre
que se decidía secretamente a jugar un papel tenía que interpretarlo al máximo.
Así era cuando tenía que ser la novia
perfecta, la hermana ideal, la hija extraordinaria, la empleada más eficiente,
etc. Por ello, cuando su jefe le llamó por la mañana a su casa para
decirle que le quería encargar un trabajo especial y que lo tomaría como un
favor personal si lo aceptaba, Mariela no pudo negarse, pese a que consistía en
vender un rancho, precisamente fura de la ciudad. ¡Lo que más odiaba!.
-Veré que puedo hacer, mándame todos
los datos por favor y en los próximos días comenzaré a tomar cartas en el
asunto- Le había dicho al jefe en un tono seco y simulando que su “control” de
cualquier situación era evidente.
-En realidad, hace un rato le di tus
datos a Alejandro, él quedó en llamarte hoy mismo. Espero que puedan llegar a
un buen arreglo, él es un gran muchacho.
Se despidieron y Mariela se quedó
pensando un largo rato sobre el asunto, ¿porqué sentía una punzada en el
corazón?. El timbre del teléfono la sacó de su concentración.
-Buenos días, quisiera hablar con
Mariela Villarreal, soy Alejandro Morales, le estoy llamando por recomendación
de Don Abelardo Ortiz, dijo una voz varonil y agradable.
-Hola, sí soy yo. Estoy enterada del
asunto, dígame cuándo podríamos vernos, para platicar sobre su propiedad y lo
que hay que hacer al respecto. ¿Estará en la ciudad varios días?
-En realidad, no estoy en la ciudad.
Quisiera ver si es posible que usted venga para acá, quisiera que viera el
rancho y si lo va a vender pues que vea cómo es y conozca el valor que tiene
para mi familia, Don Abelardo me dijo que eso era posible.
Mariela sintió como un golpe bajo el
que su jefe la comprometiera con ello, pero sabía que tarde o temprano tendría
que ir a evaluar el rancho. Así que fingió ser la más profesional y le aseguró
que estaría con él la mañana siguiente.
El resto del día Mariela se dedicó a
hacer sus labores de siempre, fue a visitar el nuevo complejo que necesitaba
vender, después estuvo un rato en la oficina ordenando papeles y rellenando
formularios para enviárselos a sus clientes. Pero continuamente venía a su
mente el hecho de que al otro día conocería a Alejandro: sus nervios eran
inusuales.
En cualquier otro momento, podría
haber tomado el papel de “aquí no pasa nada”, es un tipo cualquiera, un cliente
más e ir y venir de aquel sitio sin que hiciera más comentarios que “nunca
viviría fuera de la ciudad”. Sin embargo, esa punzada en el corazón seguía ahí
¿qué significaba?.
A la mañana siguiente salió vestida de
jeans oscuros, botas, llevaba una camisa blanca y encima un chaleco.
Condujo cerca de hora y media hasta el rancho de Alejandro. Estaba un poco
alejado de la carretera y desde que se desvió para tomar un camino de
terracería sintió que algo en el pecho se le oprimía. Había decidido
interpretar el papel de “la mejor para el trabajo” y, por lo mismo, no dejaría
dominarse por ningún nerviosismo. Ella era fuerte y lo demostraría.
Entró por fin al rancho, había una
camioneta estacionada al frente, se escuchaba el ruido de aves y caballos pero
no veía a ninguna persona cerca. La puerta de la casa estaba abierta, sin
embargo no se atrevió a entrar, tocó la puerta preguntando si alguien estaba en
casa: nadie vino a verla. Instintivamente se puso nerviosa, aún así se dijo que
lo más sensato era buscar al dueño. Al llegar a la parte trasera de la casa se
encontró con el establo, de donde asomaban las cabezas de unos caballos. Fue
hacia ellos y de pronto la asustó una voz:
-Buenos días, usted debe ser Mariela
Villarreal.
Mariela se dio la vuelta y vio que
Alejandro cargaba una paca de paja, que le llevaba precisamente a los caballos.
-Permítame un segundo, dijo él quién
poseía unos ojos oscuros. El chico entró al establo, repartió el alimento entre
los caballos, le acarició la cara al último y salió de nuevo.
Mariela observó la escena y le
conmovió enormemente el gesto. Alejandro se disculpó por no ofrecerle la mano.
-La paja puede irritarle la mano- dijo
con un pequeñísimo tono de ironía. Luego, le explicó que por lo que Don
Abelardo había dicho de ella, pensó que se trataba de una mujer de mayor edad.
Sin vacilar un instante, le propuso que se tutearan. Mariela sonrió con un
gesto de agradecimiento y aceptación, pero no supo qué responder, al mismo
tiempo se preguntó qué era lo que su jefe había dicho de ella a este hombre que
le parecía tan sexy. Muy distinto los hombres impecablemente vestidos con los
que solía entablar una amistad o relación.
Alejandro llevaba unos jeans ajustados
y un poco gastados, botas vaqueras, camisa a cuadros, abrochada sólo a partir
de la mitad del pecho, las mangas las tenía dobladas hasta el codo. De ese modo
podía ver su abdomen y sus antebrazos e imaginar el resto del cuerpo musculoso,
bien formado y fuerte, lo cual hizo discretamente y fingiendo naturalidad.
-Te invito a que conozcas mi rancho,
es una propiedad muy querida, ha pertenecido a mi familia por largo tiempo,
pero ahora yo no puedo ocuparme de ella.
Recorrieron los alrededores de la
hacienda. Él le contó tan sólo una parte de su vida: que él dirigía una empresa
de marketing y que por eso no podía trasladarse a vivir ahí…
-De lo contrario lo haría gustoso,
para mí este lugar es entrañable y mágico. Además dentro de un mes me voy a ir
por 2 años a vivir a Europa, parte de los planes de la empresa.
Al escuchar esto Mariela sintió otra
vez esa punzada en el corazón, le sorprendió tanto esa sensación que por un
segundo perdió la concentración de lo que Alejandro decía.
Pero se defendió preguntando, ¿por qué
no se sentaban a ver qué papeles tenía y cuáles eran sus pretensiones
económicas respecto a su rancho? Eso era muy importante.
Alejandro la condujo a la casa pero en
lugar de hacerla pasar, la invitó a sentarse en una banca de madera que estaba
justo enfrente de la casa. Ahí llevó todos los papeles que Mariela debía
revisar para poner en venta el lugar.
Sentir la cercanía de Alejandro, quien
era alguien acostumbrado a dirigirse con familiaridad hacia los demás,
provocó que a Mariela se le hiciera difícil concentrarse, hacía un esfuerzo por
poner atención y pensar sobre el trabajo que iba a realizar, siempre sorprendía
a los clientes dándoles opciones inmediatas y estrategias muy concretas, pero
en esta ocasión no podía dejar de contemplar al hombre que tenía enfrente.
No escuchaba sus palabras sino el tono
de voz, su boca, su sonrisa, no veía los papeles que le mostraba, en realidad,
se concentraba en sus manos, en lo varoniles que eran, en lo fuertes que
parecían. Y tampoco podía dejar de preguntarse cómo se sentirían los labios de
Alejandro en los de ella y sus manos sobre su cuerpo. De pronto se sorprendió
imaginándose sentir sus dedos recorriendo su espalda desnuda, la sensación que
sintió fue tan real que por un momento se asustó que Alejandro se diera cuenta
de su estado de excitación.
-Creo que aún no me acostumbro
completamente al clima, se siente algo caliente, dijo para distraerlo.
En ese momento un leve viento corrió
por el lugar, Mariela cerró los ojos y lo disfrutó. En cuanto abrió los ojos,
vio que Alejandro se inclinaba a ella y le tocaba el cabello muy cerca del
cuello, hubo un ligero roce. Sintió un delicioso escalofrío. El corazón de
Mariela latía con rapidez. Se desbocaba.
-Tenías algo en el cabello, dijo
pasándole la mano por la cara.
-Gracias-, respondió ella bastante
turbada y emocionada por el gesto. Enseguida se hizo un silencio incómodo.
Por la mente de ella divagaban por lo
menos una docena de frases: ¿sentirá lo mismo?, ¿percibirá que estoy nerviosa?,
¿qué digo?, ¿qué hago?, ¿qué me pasa?, ¡esto no es normal en mí!.
Miró a los lados como buscando un
pretexto que le distrajera la mente y le diera tema de conversación, cuando se
dio cuenta que sus manos estaban muy cerca. En ese momento, él también
observaba la cercanía de sus manos y como si se hubieran puesto de acuerdo
ambos subieron la vista, sus ojos se encontraron y sintieron que un fuego
interno se encendía con fuerza. Pequeñas chispas recorrieron sus cuerpos.
Mientras Mariela se quedaba
paralizada, Alejando se acercó a ella, hizo a un lado un mechón de cabello que
le cubría la cara, le acarició la mejilla y la besó.
El encuentro de sus labios hizo que Mariela
cayera en un ensueño, no podía pensar en nada. Estaba absolutamente concentrada
en sentir cómo el calor que sentía dentro se hacía más grande y poderoso. Así
que ni siquiera puso resistencia cuando Alejandro la condujo encima de él, sus
besos que al principio eran suaves y cadenciosos, pronto se hicieron
provocativos y excitantes. Eran mucho mejores de lo que ella se imaginaba. La
lengua de Alejandro comentó a recorrer el escote de Mariela. Ella sintió como
si de pronto le estuvieran marcando el camino hacia una nueva forma de hacer el
amor, hacia una nueva manera de encontrar la sensualidad. Cerró los ojos y se
dejó envolver y arrastrar nuevamente por la pasión.
Alejandro la tomó de la cintura y la
levantó con facilidad, y en silencio la dirigió al establo, entraron a un
cuarto semioscuro, al fondo había apiladas unas pacas de paja, el suelo también
estaba tapizado del alimento para caballos.
Al llegar al centro, Alejandro comenzó
a besarla de una manera totalmente apasionada, ella sentía que de pronto el
pudor que había sentido toda su vida, desaparecía. En esos momentos nada
importaba, no quería tener límites ni reglas. Simplemente quería entregarse al
placer.
Y como si de pronto él se diera cuenta
de ese pensamiento comenzó a desabrocharle la blusa y fue de su boca, directo a
sus senos. Quería saborear su piel.
Mariela comenzó a quitarse
desesperadamente la ropa, ante lo cual Alejandro comenzó a hacer lo mismo. La
condujo sobre la paja y tendió a Mariela lenta y sensualmente sobre ella.
Desde ese ángulo ella pudo observar o
que antes había imaginado: la perfección de su cuerpo. Como si él se hubiese
acercado en cámara lenta, Mariela tuvo el tiempo justo para observar su
abdomen, sus hombros, sus brazos, sus muslos… y como si se tratara de una
estatua griega pasaba sus manos con suavidad y un poco de asombro por ellos.
Su mirada encontró el miembro de
Alejandro y por primera vez en su vida pensó que este órgano era hermoso.
También por primera vez en su vida, se sintió más excitada al verlo duro,
grande, viril y deseó fuertemente tenerlo dentro de sí, entre sus piernas.. y
besarlo, chuparlo, lamerlo hasta hacer que el semen se derramara por su boca.
Él se dio cuenta de cuánto ella
ansiaba tenerlo dentro y se apresuró para penetrarla, también deseaba poder
descargar en ella el fuego que sentía por dentro. Pero en el momento que iba a
penetrarla, ella le dijo “espera” y besó su miembro.
Él gimió de placer al sentir la humedad
y el calor de su boca, ella tuvo un breve orgasmo al probar la suavidad de la
piel de aquel pene y comprobar su dureza, su virilidad.
Lo tomó entre sus manos e imitando el
recorrido de la lengua de Alejandro lo llevó desde sus pezones hasta su boca
nuevamente. De pronto sintió un ligero sabor salado, que disfrutó como una
miel. Era el sabor más delicioso del mundo.
Él jadeante de deseo, la recostó
nuevamente y consumido por el deseo la penetró con ansiedad y desenfreno.
Mariela sentía que ningún hombre había
embonado así con ella, sentía que era la penetración perfecta, el constante
roce de él con su clítoris hizo que de nueva cuenta ella se sintiera en una
subida sin retorno. Él no tardó en sentir un incontrolable deseo de eyacular,
sus penetraciones se hicieron más rápidas y encontraron el orgasmo juntos. Una
descarga eléctrica los hizo gemir al unísono. Era el orgasmo más intenso de sus
vidas. Mariela sintió como un estallido en el vientre, al caer en cuenta que
Alejandro eyaculaba dentro de ella se prolongó su éxtasis.
-Más.. más.. más..-, ella nunca había
dicho aquello.
De pronto se sintió como si estuviera
descubriendo una nueva Mariela o quizá la verdadera, a la que se empeñaba en
esconder, la ardiente, la capaz de sentir y entregarse sin reservas. Alejandro
estaba empapado de sudor, sintió que el orgasmo que acababa de tener había sido
el más largo de toda su vida.. le aturdió un poco que durante unos segundos
perdió total conciencia y control.. “se fue” a un lugar donde sólo el placer lo
acompañaba, en donde él pudiera disfrutarlo.
Se vistieron, esta vez con lentitud, deteniéndose
una y otra vez para besarse largamente. Ahora sólo había ternura. Mariela se
quedó todo ese día, él preparó la comida y por la tarde la llevó a dar un paseo
en caballo. Sorpresivamente ella también sentía un profundo apego por el lugar.
Había sido realmente feliz allí. Los siguientes dos meses, Mariela fue cada fin
de semana al rancho de Alejandro y cuando éste se fue al extranjero ella se
quedó como administradora y abogó porque no lo vendiera. Quería estar ahí por
siempre, repasando los e-mails y las fotos que, ahora cada semana le enviaba
Alejandro. Cuando sabía de él o lo escuchaba por teléfono volvía a sentir esa
punzada en el corazón.. y se preguntaba si además de todas las fantásticas
tardes que Alejandro le había regalado antes de irse habría algo más. Estaba
dispuesta a averiguarlo.
Anónimo.



